Todi (Perugia, Italia)
La Fundadora
 
MADRE MAGDALENA DEL CRUCIFIJO
 
El 12 de agosto de 1690 nació Ersilia, en Rieti, por entonces Umbría, hija del noble matrimonio Zenobio Foschi y la marquesa Adriana Clarelli.
Desde su más tierna edad la pequeña demostró inclinación hacia la oración y la penitencia,  despertándose  en ella el deseo de ser  ermitaña.
Por deseo de sus padres fue educada en su infancia en un monasterio, donde se sentía feliz. De temperamento vivaz, le fascinaba lo bello, lo grande, el arte.
Una noche soñando escuchó una voz que le decía que sería monja. Desde aquel momento Ersilia estaba intranquila, queriendo acallar la voz de la conciencia. Al mismo tiempo experimentaba los fuertes atractivos de la juventud y decidió firmemente no ser monja jamás.
Poco tiempo después dejó el monasterio para regresar a casa. Pero la vuelta al hogar no le proporcionó la paz que deseaba pues la lucha interior continuaba incluso hallándose lejos.
A los 21 años, Ersilia fue dada por esposa al noble caballero Giovanni Battista Bolognini de Foligno. Pero tampoco encontró  la felicidad que ella esperaba. Una crisis de celos que duró cuatro largos años, le hicieron encerrarse en sí misma. Incluso el nacimiento de una hija y dos hijos la dejaron insensible.
Llega a ceder a la lucha de las pasiones intentando apagar la sed de su corazón con los goces terrenos: vestidos extravagantes y lujosos, ricas joyas, banquetes suntuosos. La señalaban con el dedo cuando la veían dirigirse sobre su rica cabalgadura hacia los lugares mundanos.
Sumergida en fiestas y diversiones  tenía  sin embargo el alma atormentada. Sin faltarle nada, le falta todo, “porque siente que le falta Dios”.
Así pasaron ocho años.
 
LA LLAMADA
 
En 1724 en Foligno, estando su hija gravemente enferma, entró en la iglesia  donde el padre Crivelli, Jesuita, predicaba la santa misión. Muerta la niña, con el corazón dolorido, Ersilia volvió a escuchar al misionero.
La noche de aquel primer día de misión al regresar a casa se despojó rápidamente de sus fastuosos vestidos y de las flores que adornaba su cabello presentándose al día siguiente en la misma iglesia de S. Heraclio con el rostro pálido, un austero vestido negro y una cuerda en la cintura.
Las predicaciones en S. Heraclio terminaron: el corazón le sangraba todavía y la conciencia la atormentaba.
En Foligno comenzaba otra misión. En ésta Ersilia hizo una confesión dolorosa, sincera y pública de todas sus culpas volviendo a la vida de la gracia.
 
ERMITAÑA EN CASE NUOVE
La hora de Dios había llegado y Ersilia se entregó totalmente a la santidad dándose a ella con todo su corazón. Se retiró durante todo un año a Case Nuove, lugar alejado en los alrededores de Foligno, en donde vivió como ermitaña en una vida de penitencia heroica.
Modestamente vestida y en actitud humilde, desfallecida por la continua penitencia, en obediencia a su confesor, asistía a la iglesia y tomaba asiento entre las damas nobles que, no reconociéndola, la despreciaban con gesto soberbio. Sin embargo ella continuaba en silencio escuchando la Palabra de Dios.
Un día, una de sus antiguas favorecidas, con palabras injuriosas le echó en cara su pasado pecaminoso; ella respondió arrodillándose y reconociendo justas las injurias que recibía, pidió perdón por los escándalos dados y besó la mano de quien la ofendía.
En adelante entregó todos sus vestidos y joyas a los pobres quedándose sólo con una rústica túnica y un duro cilicio.
En 1738 pidió y obtuvo de su confesor el permiso de poder presentarse ante sus antiguos sirvientes con la actitud de una humilde sierva, a imitación de Jesús, que “no vino a ser servido sino a servir”.
La última enfermedad de su esposo le hizo regresar a su lecho para llevarle los auxilios humanos y disponerle a recibir la divina gracia que le abriese las puertas de la eternidad. Su muerte fue el último eslabón roto que la dejó totalmente libre de las ataduras humanas. Los hijos eran ya mayores; a ellos dejó todas sus posesiones. Bañada en lágrimas los bendijo confiándolos a la Santísima Virgen, pidió perdón a todos los de la casa y regresó al eremitorio de Case Nuove, donde se retiró sin llevarse nada consigo, abandonada a la Providencia Divina.
Allí durante otros nueve años permanecerá cubierta con una rústica túnica, teniendo una tabla por lecho y un tronco por cabecera.
El primer invierno, el año 1738, la nieve y el hielo azotaron el pequeño eremitorio donde Ersilia permanecía firmemente anclada. Estaba al borde de la muerte cuando de improviso se presentó un desconocido con dos asnos cargados de leña diciendo: “En medio de tanta nieve una fuerza secreta me ha impulsado hacia este olvidado rincón, me manda el Señor”. Era la mano de la Providencia, a la que se había abandonado, que velaba sobre ella.
En la primavera de 1739, en peregrinación a Loreto, permaneció nueve días en oración y penitencia. Allí, a los pies de la Virgen, Ersilia siente otra inspiración: la llamada a la vida religiosa.
El 21 de octubre del mismo año 1739, en Perugia, de manos del Padre Superior de los Mínimos, recibió el hábito de la Tercera Orden de San Francisco de Paula, tomando el nombre de Sor María Magdalena del Crocifisso.
 
MINIMA COMO EL SANTO PAULANO
Revestida del hábito de terciaria mínima volvió al eremitorio de Case Nuove, donde continuó durante trece años  esta vida de austera penitencia y de amor a la pobreza, que se manifestaba en su vestido, en su comida, en el pobre eremitorio donde vivía; entregada a largas horas de oración que se prolongaban durante casi toda la noche y que eran la fuente viva y secreta de esta vida heroica, donde se fortalecía contra los ataques del enemigo, elevándola a un grado mayor de unión con Dios.
Allí  se dirigían cada día con sus limosnas un gran número de peregrinos. Gracias a ellos Sor María Magdalena remediaba las necesidades de tantos pobres a los que ella llamaba “sus dueños”. Un día un pobre, mientras ella estaba orando, entró en el eremitorio y se llevó todo lo que encontró. Sor María Magdalena, dándose cuenta  de ello respondió: “bien, son cosas suyas”.
Alimentaba a los pobres con el pan material, a las jovencitas con el pan de la verdad enseñándolas, educándolas; pero sobre todo amando a los enfermos a los que se entregaba ella misma.
Un día el barón Nazzaro di Sulmona, le ofreció oro. Ella lo rechazó porque ese oro le hubiera quitado la “felicidad del corazón”.
El nombre de la humilde devota de San Francisco de Paula se difundía, a través de sus favorecidos por toda la Umbría y  por las Marcas.
No sólo los pobres, sino los sacerdotes y los religiosos se dirigían a ella para recibir consejo y  consuelo.
Las fuerzas físicas sin embargo iban decayendo y cayó enferma llegando casi agonizante a recibir los últimos sacramentos. Sin embargo el Cuerpo de Cristo obró el milagro y a su contacto Sor María Magdalena encontró de nuevo vigor y fuerzas físicas. Dios tenía todavía misteriosos designios sobre ella.
En 1742 dos jóvenes, atraídas por su ideal vistieron su mismo hábito: nacía así el cimiento de una nueva comunidad religiosa. A finales de enero de 1746 llena de ilimitada confianza en Dios, parte para Acquasparta. Una parada en Foligno hizo crecer el grupo con nuevas jóvenes.
La llegada a Acquasparta fue un verdadero triunfo. Pero el enemigo estaba al acecho y quienes en un primer momento les habían abierto las puertas posteriormente las echaron.
 
EN LA CIMA DE TODI
El obispo Monseñor Ludovico Anselmo Gualtieri, ofrecía una fundación en Todi, pero tanto el clero como el pueblo eran contrarios. Partieron de allí y llegaron a la Rocca de Todi, donde la Providencia indicó el lugar del monasterio. Es el 25 de junio de 1746. Aquí resplandecía la pobreza, la sencillez, la humildad.
No había nada en aquella casa, ni una silla, ni una mesa. Se sentaron en el suelo, pusieron allí una tela y encima la pobre comida que Dios le había provisto.
Los comienzos fueron por tanto especialmente difíciles.
El 11 de junio de 1746 las paulanas mínimas de Todi que hasta ahora habían usado como oratorio una capilla llamada de San Francisco de Paula, en el templo de San Fortunato, adquirieron la casa grande, y la casa pequeña para convertirla en Monasterio.
 Sor María Magdalena con la ayuda de generosos bienhechores y con la aportación de su patrimonio personal dispuso la no fácil transformación en Monasterio.
La muerte de Mons. Gualtiere, que tanto había protegido a S. María Magdalena y a sus religiosas, supuso una dura prueba para las hijas de S. Francisco.
Mientras Sor María Magdalena habría nuevos monasterios, -en Casanueva de Foligno  lugar de origen de la familia del marido Bolognini, y  en Torto San Jorge, entonces Torto di Termo, en una villa donada por la Condesa Aggiori - en Todi el Obispo Formoliari sucesor del Gualtiere desde 1746 amenazaba con cerrar la casa de la Roca, que acogía ya 22 hermanas, porque no quería el monasterio y urgía la salida de las religiosas, pero se llevó a término su propósito.
Sor María Magdalena y sus hijas suplicaron al cielo y a su obispo, el cual, al fin, depuso su actitud severa y terminó bendiciendo el monasterio, que crece en las virtudes y en el número de sus religiosas.
En el año santo de 1750, el 2 de abril, fiesta de San Francisco de Paula, la Fundadora dimitió de su oficio de superiora, que ella misma confió a una de sus hijas: Sor Anna Felice del Divino Corazón y pidió para sí el último lugar en el coro y en el refectorio, vestida con un burdo hábito; sus hijas se opusieron, pero la Madre insiste y vive humilde, obedientísima a la superiora, abandonada en el camino del amor perfecto con  total abandono a la voluntad divina.
Allí en Todi enfermó y en 1754 fue llamada a Rieti para la fundación de un nuevo convento y más tarde obtiene también los permisos para una fundación en Fermo.
El 21 de febrero de 1760 Sor María Magdalena se agravaba de manera improvisada, recibió la Unción de los enfermos y después se durmió en un leve sueño hasta que murió a las cuatro de la madrugada del alba del 23 de febrero de 1760.
La tarde antes de morir, dijo a sus Religiosas: “Parece muy costoso morir, pero no es verdad: de un sueño a otro sueño, de un descanso a otro descanso y nos encontramos en el Paraíso”.
Se despidió de todas sonriendo y bendijo a sus hijas dándoles sus últimos consejos:
 “Vivid realizando la voluntad del Señor, amad a Dios con puro y fuerte amor. Amaos, amaos entre vosotras.
 Si yo pudiese derramaría toda mi sangre para que Jesús fuese conocido y amado por todos, para que todas las almas se salven.
Muere, gracias a Dios, la más pobre criatura del mundo, porque declaro morir verdaderamente pobre y ¡qué gracia es!”.
Antes de morir pidió perdón a todos los que rodeaban en su lecho de muerte y así se durmió en el Señor  con la paz de quienes han saboreado la misericordia divina  a lo largo de su vida.
En torno a su venerado cuerpo se derramaron gracias del cielo durante todo el tiempo que permaneció expuesto a la devoción de los fieles. El 27 de febrero su cuerpo fue sepultado.
Fueron trasladados los venerados restos de la Sierva de Dios 43 años después, el 10 de mayo de 1803 cuando el canónigo Pietro Giuliucci, vicario capitular de Fermo hizo el reconocimiento. Quiso honrar la ceremonia con su presencia Su Majestad Carlo Emanuele IV rey de Cerdeña. El hecho se recuerda en un epígrafe que dice así:
Aquí están los huesos de Sor María Magdalena del Crucifijo, trasladados el 10 de Mayo 1803, estando presente su Majestad Carlos Emmanuel IV rey de Cerdeña y el vicario capitular de Fermo canónigo Pedro Giuliucci”.
Una segunda y definitiva traslación de los restos mortales de la Sierva de Dios tuvo lugar en el 1931 desde  Porto San Giorgio al Monasterio de la Roca, en Todi.
 
Sor María Magdalena, se destacó por amor ardiente al Señor y se entregó a El totalmente hasta el sacrificio de sí misma que es la prueba auténtica del perfecto amor.
Este tesoro de virtudes no pudo permanecer oculto, a pesar de su humildad y ansia de vivir escondida. Si durante su vida fue un eximio testimonio y faro de ejemplaridad que le procuró el seguimiento de almas generosas, después de su muerte se perpetuó con el atractivo de su fama de santidad.
Se quiso formalizar concretamente la influencia que ejerció en este sentido promoviendo la causa de beatificación. Con este fin se iniciaron los procesos canónicos, primero en Foligno, en agosto del 1761; después en Porto San Giorgio de Fermo, desde el 1 de octubre del mismo año, y en la diócesis de Todi, desde el 23 de febrero de 1763, durante el gobierno pastoral del obispo Mons. Francesco María Pasini.
Allí se halla su sepulcro con la especial presencia de sus restos mortales, en espera de la resurrección final, y con ellos, la aureola de santidad de la que son aún hoy mudos testimonios las mismas paredes. Pero aún más su memoria se renueva en la Comunidad de Monjas Mínimas que no cesa de alabar al Dios de la misericordia en el Monasterio erigido por la Sierva de Dios en la Rocca de Todi.