Paola (Cosenza, Italia)
Adviento y Navidad en la espiritualidad de San Francisco

El camino del Adviento y el misterio de la Navidad en la espiritualidad de San Francisco de Paula y de la Orden de los Mínimos
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El ciclo litúrgico adviento-navidad llega cada año precedido por el anuncio de las grandes realidades escatológicas, durante los últimos domingos del llamado "tiempo ordinario", e inmediatamente después de la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Nos encontramos así proyectados hacia las realidades futuras e invitados a salir al encuentro de Aquel que tiene que venir, y vendrá sin tardar (Liturgia).
El tiempo de "Adviento" se presenta por tanto rico de solicitaciones en su doble significado. Es Adviento porque nos preparamos a celebrar en la fe el nacimiento, la venida entre nosotros del Hijo de Dios y Salvador nuestro, haciendo presente el misterio en el "hoy" de la celebración litúrgica. Es Adviento porque nos preparamos en la esperanza a recibir al Señor glorioso, el Kyrios, que vendrá. Entre estas dos "venidas", la celebración litúrgica de la Navidad tiene su lugar propio. Casi podríamos decir que hace de rompeolas, entre el tiempo de las promesas y el tiempo de las certezas. Todos los profetas, hasta Cristo, anunciaron su llegada, y no ostante las dudas y las incertidumbres de los hombres, las profecías se realizaron y la Palabra del Señor se cumplió de modo perfecto. Después, el Mesías prometido, El mismo, nos prometió que volverá... De nuevo el corazón de los hombres se encuentra probado por la duda, la incredulidad, la incertidumbre… Y de frente a ellas, la celebración de la Navidad adquiere el valor de una prueba irrefutable. Si las predicciones de los profetas se han cumplido puntualmente... ¿La Palabra que el Hijo mismo nos ha dado, no se cumplirá?
Navidad es la fiesta de las certezas. El Verbo se ha hecho hombre, las promesas se han cumplido y ahora son realidades espléndidas. Dios se ha unido a la humanidad, y por lo tanto ahora Dios y el hombre son una sola carne. Carne que el hombre ha podido ver y tocar.
¿Cómo ha vivido San Francisco el misterio de la Navidad?
En la tercera redacción de su Regla, la del 1502, el santo llama la Navidad "luminosa fiesta de la Natividad del Señor de los Ejércitos", (IX,53). Pensamos que la identificación tan inmediata del Niño de Belén como "el Señor de los Ejércitos", puede ser sólo fruto de una prolongada y profunda contemplación de la fe. Todo sabemos bien que este título veterotestamentario es aplicado por la Escritura en los momentos más solemnes, cuando se quiere subrayar la grandeza, la majestad, la omnipotencia del Dios de Israel, y las citas serían numerosas. También en el Nuevo Testamento aparece la expresión "Señor de los ejércitos" en Santiago 5,4, pero sobre todo ha resuena en el libro del Apocalipsis, cap. 19, en el contexto grandioso de la lucha definitiva contra las potencias del mal.
Podemos comprobar cuán profunda ha sido la intuición del ermitaño paolano, pero sobre todo cuán grande ha sido su fe. Su contemplación no se detiene, en efecto, sobre los aspectos circunstanciales del nacimiento del Salvador: su pobreza material, el silencio que lo envuelve, el no haber sido aceptado en la ciudad de los hombres, etc. Penetra y toca el centro del misterio. Ante el Niño envuelto en pobres pañales, rechazado, indefenso, se arrodilla y contempla el Dios todopoderoso del Antiguo Testamento y el Viviente Invencible de la lucha apocalíptica. Y de aquí el estupor maravillado que lo invade. Francisco se abisma en la contemplación.
Y, por consiguiente, decide hacerse el mínimo, “el mínimo de los mínimos siervos…” “porque el Rey de la gloria se abajó humildemente hasta el polvo por nosotros, gusanillos”(Corret. 75), y ofrece la misma propuesta a cuántos le han pedido formar parte de su comunidad. No se trata de un simple reconocerse y aceptarse pequeños (humildad), sino de elegir voluntariamente el ser "mínimos", deseándolo y procurándolo mediante el despojarse de muchas posibilidades humanas, con el objetivo de imitar "al Rey de la gloria", que "se humilló hasta el polvo por nosotros", nuestro Señor Jesucristo, que "de rico que era se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza". Encontramos, pues, en el misterio de la Encarnación y de la Navidad, la razón de la minimez, y comprendemos que la llegada del Rey de la Gloria sea vivida con sentimientos de profundo e íntimo regocijo.
Al respecto podemos considerar otro dato significativo. En su "Regla y vida", (según la cual se tiene que observar el ayuno todos los viernes del año), la Navidad es la única fiesta del año litúrgico en la que está prevista la dispensa del ayuno si cayera en viernes. “¿Pueden ayunar los invitados a la boda cuándo el esposo está con ellos? Mientras que el esposo está con ellos, no pueden ayunar" (Mc 2,19).
¿Será arriesgado pensar que San Francisco haya vivido la Navidad como una magnífica fiesta de bodas, y en la misma clave nos invita a ser vigilantes y a prepararnos de modo adecuado a la fiesta definitiva del Esposo que vendrá?
¿Qué preparación? Sin duda prepararse un vestido cándido, adecuado, digno de un acontecimiento tal. Y es entonces, en la perspectiva de la celebración de la fiesta, de la llegada definitiva, donde encuentra su lugar la lógica del ayuno. Porque "vendrán días en que les será arrebatado el Esposo y entonces ayunarán", (Mc 2,20). Por una exigencia de purificación, pero también porque la lógica del ayuno pertenece de modo natural a las expresiones de comportamiento del hombre, como todos podemos comprobar en las distintas circunstancias de la vida cotidiana.
Nadie, en efecto, que se prepare a participar en un gran banquete se sienta a comer primero en su casa. No es necesario. No sólo: se desea gustar y aprovechar al máximo el banquete suculento que se espera, no sería inteligente llenarse antes de una comida rústica o poco sabrosa... Así quién se prepara para encontrar a la persona querida, no retrasa el encuentro por contemplar su imagen. Al contrario, prescinde prontamente de todo para llegar cuanto antes a la cita deseada... En ésta cómo en tantas otras ocasiones, la lógica del ayuno, resulta la preparación óptima. Ayuno en las comidas, reduciendo el alimento a lo estrictamente necesario, pero ayuno de toda otra forma de placer sensible o de búsqueda de satisfacciones que debilitan la voluntad. El ayuno contribuye a mantener la tensión del espíritu, refuerza la fe, hace crecer el deseo, aviva la esperanza, incrementa la capacidad de saborear la felicidad auténtica.
Alcanzaremos un día la saciedad de todas nuestras esperas. Llegará la gran solemnidad de la Navidad, en la que no se ayuna. Pero también llegará el día de la llegada definitiva, del gran Encuentro, y será la plena y eterna felicidad. ¡Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús!

M.A.M., Monasterio Jesús María, Paola.
(publicado en el Boletìn del Santuario a final del 2001)